La madurez del escritor

Reyes Juberías y José I. Latorre

(Soria)

Avelino debió sentir en su vida el dilema de cambiar o sucumbir a lo previsto. O tal vez no hubo tal dilema y todo fue un natural devenir que desembocó en la gozosa experiencia de adueñarse de su tiempo para ocuparse del argumento de la única obra que le interesaba  firmar: la vida propia.

En cualquier caso, en el año 96 se trasladó a vivir a la isla de Mallorca, a un pueblo de 1.500 habitantes llamado Selva. Desde allí contempló un paisaje nuevo bajo la sierra de Tramuntana, con olivos, almendros, palmeras y el mar al fondo, donde el ritmo de vida es sosegado y propicio para la reflexión y la lectura.

Deseaba despreocuparse del dinero necesario y el trabajo de ganarlo, liberarse del afán de lograr reconocimiento literario y despegarse también del montón de relaciones que le restaban libertad y tiempo a su vuelo. Y como fruto de todo ello, encontrar raíces vitales más profundas desde el desarraigo de un nuevo lugar.

Pocos años después de llegar a Selva confesó haber alcanzado todos los anhelos anteriores junto a su fiel compañera Teresa y haber cambiado su preocupación de cómo vivir por un sentimiento placentero que expresó sencillamente: Ya nuestra vida es tiempo, ya nuestro tiempo es canto. La literatura se convirtió en una fuente de gozo más en el arte de vivir, como amar, celebrar la amistad o salir con el llaüt.

Avelino escribió lo que vivió y en sus últimos libros fue haciendo un poema continuo a la vida. Su camino literario se adentró en el bosque de la lírica pura como única forma posible de expresar tantas cosas importantes. Su obra evolucionó prescindiendo de los elementos que identifican el espacio, el tiempo, los rasgos físicos, etc. en favor de registros más universales, basados en la sabiduría del conocimiento del alma humana, con componentes y efectos implícitos sólidamente construidos que trascienden la historia que narran.

La piedra angular de su obra última es el enfrentamiento del ser humano con las circunstancias no elegidas, el destino como producto cultural impuesto, con profunda ternura hacia quienes son víctimas de lo irremediable. Así se forjan dos líneas narrativas antagónicas de su épica lírica: por un lado, la vida como existencia satisfactoria de Una casa en la orilla de un río y Mientras cenan con nosotros los amigos; por otro lado, la vida negada y la existencia impuesta de Los hijos de Jonás o La señora Lubomirska regresa a Polonia.

Consciente del valor de la imagen, Avelino acentúa los detalles plásticos de las escenas, secuenciándolas como en una película, con una mimada cadencia.  El lenguaje está ocupado en evocar, en ganar expresividad, en apresar nítidamente el sentimiento.  Su prosa poética está cada vez más desnuda de elementos superfluos y más concentrada en armonizar con un contenido esencial.

La señora Lubomirska regresa a Polonia, su obra más valorada por la crítica, está construida sobre lamentables acontecimientos históricos de la Europa del siglo XX desde la experiencia desgarrada de una anciana que se siente morir en la soledad de su cama. En su delirio agónico, Helena Lubomirska transita por toda su vida frenéticamente para declarar su última verdad de cada uno de los hombres y mujeres que compartieron su existencia, para al final juzgarse a sí misma con la clarividencia de quien ha reunido y analizado todos los datos. De todos los destrozos ocurridos en su vida, el más determinante es el de la soledad y la amargura de no haber amado lo suficiente por culpa de una falsa moral de cuento. Cargada de razón y sentimiento Helena declara: "Los seres humanos deberían empezar a vivir al revés. La moral debería dictarse desde los lechos de muerte y no desde los púlpitos". Y por todo ello, un demoledor reproche hacia sí misma: "¡¡Helena Lubomirska, todo se te perdonará menos haber sido una imbécil!!".

La vida y la obra de Avelino Hernández son una progresión hacia lo más esencial de la existencia, hacia el impulso vital más íntimo del ser humano. Sus salidas al mar con el llaüt bien podrían ser la metáfora de un viaje  ligero de equipaje hacia sí mismo.

Viajé todo cuanto pude

César Sanz

(Soria)

A Avelino Hernández, cuando era joven, le gustaba otear el horizonte en el mirador contiguo a la iglesia de Valdegeña. Desde allí dejaba que su mirada recorriera los campos del rincón de su Castilla natal que tenían al Moncayo, azul y blanco, como frontera natural de otras formas de entender la existencia. Contemplaba a la gente acercarse al entrañable poblado, unas veces caminando, otras  a lomos de los machos, a veces en carros o con las primeras bicicletas… 
Y desde allí vio a muchos de los hijos del pueblo alejarse, algunos de ellos definitivamente, a remotos lugares donde abrirse camino y porvenir. Silvestrito vivía en un pueblo pequeño que estaba en el campo. La tierra de Silvestrito fue importante hace ya muchos años. Pero luego vino a menos. Y ahora, la gente que era de allí, anda perdida en las ciudades.

Pero lo que a Avelino más emoción le producía y avivaba su imaginación, era contemplar el paso del tren. Al principio, apenas visible, después más grande y audible y al final, a la altura del túnel próximo al pueblo, lo observaba en toda su magnificencia: jadeante, lanzando humo a contraluz, con su sonido cadencioso que parecía querer saludar a los habitantes de Valdegeña. ¡Qué rápido pasaban esos momentos que a él le parecían eternos y que tanto le gustaba apurar! Los viajeros y sus sueños, camino de Soria o de Castejón, o de otros mundos más lejanos… Viajo a Salamanca en tren. Todo el camino está sembrado de pájaros entre las mieses que maduran. No van en bandadas, como en otoño, como en invierno. Vuelan en parejas.

La vida de Avelino fue un constante viaje.
Desde su infancia feliz de niño de postguerra en  su querido pueblo: Muchos años después, siendo ya mayor, Silvestrito aún se acordaba de aquella tarde de otoño, …hasta su muerte, al filo de los sesenta años, cerca del mar, en el Mediterráneo de Mallorca: Y los dos, sobre la roca, besándonos.

A mitad de este ciclo, abrió los surcos de la vida en lugares tan diversos como Miranda de Ebro, Barcelona, Sevilla, Cartagena, Madrid, Aranjuez, Valladolid, Mallorca…: 

Los amigos se han ido cuando amanecía ya.
Nos hemos quedado solos.
No hemos querido acostarnos; Teresa ha preferido salir al encuentro de la alborada remontando el río en la barca por entre las frondas; yo me he quedado a comenzar la redacción de este nuevo libro, que no sé a dónde me llevará.

Pero, siempre, mantuvo el territorio de sus raíces vitales, como una de las estaciones  periódicas de destino: Valdegeña como patria de la infancia:

Cuando yo era pequeño vivía en un pueblo pequeño que tenía una escuela muy grande, un bosque inmenso y el Peñascal de la Cueva. Tenía también muchas costumbres, muchas tradiciones, muchas historias y muchas leyendas. Vivían en él gentes que sabían hacer bien las cosas hermosas: labrar la tierra, bordar las telas, cuidar los rebaños, hacer la justicia, ayudarse… Se llamaban Ángel el cabrero, el herrero Víctor, José el de la taberna, la señora Milagros…

Los viajes fueron para Avelino una fuente de donde brotaba la inspiración para su obra literaria. Sus libros nos invitan a recorrer espacios, algunas veces  próximos, con su sensible y aguda mirada: Donde la vieja Castilla se acaba, Crónicas del poniente castellano, Viaje a Serrada, Itinerario desde Madrid, Soria hoy: Guía de viaje por Soria y su provincia, Guía de Soria, Myo Cid en tierras de Soria (viaje para Claudia), A quien conmigo viene, Invitación a Soria:

Y allí visitar las cuevas del entorno donde mana agua y duermen vacas; y luego tomar el sendero que, vuelta a vuelta, te mete en el bosque primero, luego te saca, luego te enfila ladera arriba y, revuelta a revuelta, te va entregando a tramos la cumbre; y el monte bajo; y la alfombra de gayuba; y luego el césped y riachuelos ocultos, sonando, por todas partes.

Otras veces, su obra, se nutre de historias y personajes más lejanos: El día en que lloró Walt Withman (Arizona), Almirante Montojo & Conmodore Dewey (Filipinas), La historia de San Kildán (Escocia):

Dos veces estuve a punto de perecer intentando llegar a Sky. Más allá ya están las últimas islas Hébridas. Y más allá, San Kildán. Nunca nadie se ha atrevido a llegar en una barca hasta los confines más remotos del mar océano, que son el archipiélago de San Kildán.

Una vida fértil, dedicada a profundizar en la libertad, escogiendo, optando, arriesgando…

Estábamos en la bahía de Schull, condado de Cork, sureste de Irlanda. Atardecía. Me llevó al puerto de pescadores. Nos recostamos en la hierba del prado que acababa en el mar. Se estaba muriendo el sol entre las islas del oeste.

En palabras del propio Avelino: Viajé todo cuanto pude.

Avelino, contador de cuentos

César Sanz

(Soria)

A principios de la década de 1970, a Avelino le tuvieron que operar de amígdalas. Como no podía hablar, decidió escribir algunos apuntes sobre los recuerdos de su pueblo. Yo aprendí en casa la riqueza y versatilidad del vocabulario castellano.

Pasados unos años, casi como un juego, retomó aquellos apuntes, y fue así como nació su primer libro: Una vez había un pueblo. Se lo dedicó a sus paisanos de Valdegeña:

Y mi pueblo se llama Valdegeña, que mi abuelo dice que significa Valle del Infierno, que se lo había dicho un hermano suyo que fue canónigo y que sabía mucho latín. Y es verdad. Porque está al lado de un valle todo lleno de muchas, muchas carrascas, que no puede pasar casi nadie.

El abuelo de Avelino le pidió que aprendiera todo cuanto pudiera para poderlo contar luego en libros. Como entonces no existían ni grabadoras ni otros medios, tuvo que guardar todos esos recuerdos en su memoria. Y eso le sirvió para amar más a su pueblo y a sus gentes.

Cuando ya se dedicaba al oficio de escribir, apareció su segunda obra vinculada a Valdegeña: Silvestrito. Cuando nació Silvestrito era ya por la tarde. Y estaba lloviendo.

Con el paso del tiempo, Silvestrito se convertiría en el símbolo más  importante del pueblo. Sobre todo, para los chicos que visitan Valdegeña y pueden evocar cómo fue la infancia de un niño rural. Además saben que aquellos que tocan la cabeza de Silvestrito terminan por aprobar las matemáticas.

Cuando Avelino se dio cuenta de cómo gustaban sus libros, se animó a seguir escribiendo y contando historias. A veces, cuando relataba en voz alta alguna de estas aventuras, se ponía muy serio, como para darle mayor interés, y cuando todos los que le escuchaban estaban en el punto  de máxima atención, acababa con cualquier chascarrillo o broma que hacía estallar en carcajadas a cuantos tenía a su alrededor.

Durante las visitas de escolares a Valdegeña, Avelino recorría con ellos las calles y les iba contando anécdotas y cuentos sacados o no de sus libros. Y les animaba a aprender de memoria brindis y acertijos.

Otras veces Avelino, acompañado de su inseparable boina, era llamado a asistir a colegios. La magia de sus narraciones hacía que los chavales olvidaran hasta la hora de salir de clase.

Han pasado los años y muchos de aquellos niños que escucharon sus cuentos, son ahora profesores que recitan de memoria los acertijos y brindis aprendidos de él; y también los enseñan a sus alumnos.

Avelino tenía el don de saber narrar como pocos saben hacerlo. También tenía el don de saber escuchar y observar con viveza.

Llegó a publicar cuarenta y tantos libros de muy variada temática. Y aunque tocó temas más universales, no dejó de tener en su corazón a su pueblo, Valdegeña, y a sus gentes, que le inculcaron los valores de la igualdad, la libertad y el respeto a los demás. Este mensaje, Avelino lo transmitía allá donde fuera de manera clara e ingeniosa. Lo hizo con tanto cariño que todas las personas que visitan el pueblecito terminan diciendo aquello de: Valdegeña también es mi pueblo.

 

Culturalcampo

Equipo del programa

(Madrid)

El programa buscaba el desarrollo y la dinamización de zonas rurales de montaña a partir de las singularidades de sus culturas y de lo que podían aportar a través de la proyección al  exterior.

Culturalcampo se convirtió muy pronto en un referente (y aún hoy sigue siéndolo) en los campos del desarrollo local, la animación sociocultural y el turismo rural entre otros.

Avelino se anticipó a los tiempos desconfiando en el desarrollo depredador y acertó en valorar las culturas "perdidas" como un lugar en el que mirar para construir un futuro viable.

Puso en este programa sus mejores dotes de político, poeta, gestor y amigo. Y supo realizar la síntesis entre la Tradición y la Innovación, la Naturaleza y la Cultura, lo Sagrado y lo Racional, la Estrategia y la Sensibilidad y la Resistencia y la Conquista.

El trabajo se desarrolló en la Sierra de Albarracín, la Siberia Extremeña, el Pirineo de Huesca, La Isla de Fuerteventura, Los Ancares, La Sierra de Cameros, Los Valles de Oscos-Eo, La Sierra Norte de Madrid, La Ribera del Duero en Soria, Las Alpujarras y la Serranía de Cuenca.

El Proyecto consiguió no sólo dinamizar económicamente las zonas, sino que contribuyó a aumentar la autoestima colectiva al revalorizar sus identidades culturales. A su paso dejó cooperativas, ecomuseos, rutas y "antenas" naturales y culturales, centros rurales, bibliotecas, fiestas, estudios, tradiciones recuperadas, una generación formada y gentes más ilusionadas viviendo en sus tierras.

Gracias Avelino por trabajar para "recuperar estas tierras para la cultura colectiva".

 

Colaboración sociocultural

Ateneu Alcari

(Mallorca)

Querido Avelino: Tere me ha pedido que escriba algo para tu web sobre la colaboración que tuviste con Ateneu Alcari en el ámbito de la inserción laboral y la dinamización comunitaria. Fueron unos años muy intensos, desde el 96 hasta el 2003. Tu capacidad de trabajo era tal que hasta el día en que nos dejaste habíamos quedado para reunirnos.

Gracias a que Tere y tu decidisteis desembarcar en Mallorca, Alcari, la empresa familiar de Margalida Mulet Estrany y Pere Coli Mulet contactó con vosotros y así colaboraste como asesor e hicimos resurgir el Ateneu Alcari, una entidad social a favor de dos de los grupos más vulnerables de nuestra sociedad: las mujeres y los niños. Fuiste nuestro maestro: nos enseñaste a crecer como personas, a la importancia e disfrutar de la vida, a trabajar en equipo, a establecer métodos, a amar nuestra profesión y sobretodo a entender y respetar y a luchar por los colectivos más necesitados.
Nos sentimos unos privilegiados por haber aprendido de tu sabiduría, y qué mejor que un texto tuyo que escribiste para uno de los boletines informativos de Ateneu Alcari para ilustrar el respeto y la sensibilidad hacia la condición de mujer y el trabajo que se realiza en nuestra entidad y muchas otras organizaciones e instituciones.

"A veces paseas por el campo y se te pegan unos cardos a los calcetines que te molestan mucho y acaban sin dejarte caminar.

En la vida pasa lo mismo. Todo se enreda.

Te quedas embarazada, el marido se va de casa, pierdes el trabajo, nace la criatura...

Estás enferma, no tienes dinero para los medicamentos, has de seguir trabajando porque vives de esto, la casa está fría, empeoras....

Acabas de llegar de tu país, te dijeron que todo sería maravilloso, tenías un contrato de trabajo-falso-, nos encerraron a todas en un piso, cada noche venían a buscarnos para llevarnos al club...

Sí, la vida se enreda. A cada una por una razón y de una forma. Después de una desgracia, viene una necesidad, y después otra desgracia y después un imprevisto... como los cardos cuando andas por el campo.

Y tú, haciendo el camino de la vida prácticamente sola.

Y todo avanza cuesta para abajo, por la pendiente de la marginación, en el fondo de la cual sólo se entrevé un terrible barranco.

Pero un día, desesperada, extiendes la mano por si alguien la ve y te la coge y te ayuda. Y descubres que sí, que tienes derecho a ayudas, que hay apoyos para situaciones como la tuya, que hay gente que se ocupa de esto, que existen programas... Que no es irreversible el camino. Que es posible no acabar en el fondo del barranco."

Gracias por tus enseñanzas, Avelino. Maestro, compañero y amigo.
Siempre estarás en nuestros pensamientos y en nuestro corazón.
Avelino, seguimos adelante.

Universidad Rural Europea

Marc Carballido

(Francia)

Gracias a la Universidad Rural Europea, nacida en los años 80,  tuve la satisfacción de conocer a Avelino. Era un tiempo muy especial, donde la imaginación había encontrado la senda que conduce a las autopistas trepidantes del poder. Con Avelino aprendí que la coexistencia de imaginación y poder se encuentran en momentos raros y breves. Sin embargo, en situaciones así siempre hay algo bueno que tejer. Y en estos años felices, tejimos: Avelino fue Maestro tejedor, del que tuve el honor de ser aprendiz, y también compañero.
El recuerdo de este tiempo supone para mí una profusión de emociones compartidas y cristalizadas en torno a una secuencia de vida y pensamiento, que permitía tener una mirada curiosa y a la vez traviesa. Escoger la mejor parte de todos, la más universal, así como la opinión de cada uno, tal era el propósito permanente Avelino.
Me vienen a la memoria otros nombres de personas queridas y ya desaparecidas: José Vieira, el portugués que compartía con sus amigos la vitalidad exuberante de los ojales de la revolución de los claveles (de ello apenas hacía 10 años). Bernard Kaiser, nuestro maestro en ruralidad y en voluntad por compartir conocimientos… Y tantos otros, desconocidos, con los que Avelino compartía su lucha y su vida, que traían el aire fresco de la "movida", recorriendo nuestros grandes espacios rurales, curiosos y enamorados de las culturas que resisten el viento de lo políticamente correcto. Avelino nos hablaba de las brasas de estas culturas desconocidas pero vivas. Brasas que se fraguan bajo la ceniza y que basta con atizar con nuestros soplos voluntarios. Una palabra tenía siempre en su boca: "heterodoxia". Una invitación a pensar, a repensar sin preocuparse de lo convencional, sino partir siempre de nuestras convicciones, de nuestra experiencia, de nuestros sueños …por un mundo mejor y más humano.

 

Compromiso social de Avelino en su literatura

Marta Cobos

(Madrid)

Podemos rememorar el compromiso social de Avelino a través de las hemerotecas porque tuvo importantes responsabilidades políticas, sociales y culturales en los tiempos duros de la dictadura y en la primera democracia. Pero os proponemos que sean sus textos literarios los que nos recuerden cuáles son los valores esenciales con los que se comprometió, porque en sus libros está su pensamiento sobre el individuo y la sociedad, sobre la naturaleza y la cultura, sobre la justicia social y sobre la guerra y la paz.

Releer su obra literaria es una fuente de aprendizaje sobre cómo abrir caminos, preservar y construir aquellos valores que son valiosos para la sociedad y denunciar los contravalores que, aunque imperantes, la destruyen.

 

Compromiso de Avelino con la libertad, el gozo y la esperanza

La actitud vital de Avelino y su obra literaria están atravesadas por las ideas del derecho al placer y a la libertad como el mejor compromiso social posible. Así lo expresa en 1982 en su texto Aún queda sol en las bardas, donde nos transmite, junto a bellísimas descripciones del paisaje de Castilla, el derecho de los pueblos a que puedan escribir su propio futuro con esperanza.

Avelino sintetizó su compromiso social a través de la acción y la reflexión. En sus proyectos sobre el mundo rural, o con mujeres víctimas de violencia, o con menores en situación de riesgo, con los emigrantes y los inmigrantes... consideró imprescindible pararse a identificar los obstáculos que impiden el goce, el triunfo y el progreso colectivo: "ocupar esfuerzos en quitarse los abrojos que se enredan entre los pies... porque hay lastres que condicionan la actitud y el pensamiento para poder progresar".

Pero además será necesario: "contar con el pensamiento de los hombres y mujeres que en cada lugar tienen que levantar sus tierras, porque pensar no es tarea exclusiva de los intelectuales o de la gente de la cultura". Finalmente nos propone actuar. Avelino como hombre de acción actuó y creó proyectos para el medio rural, asesoró cooperativas de mujeres, apoyó a artistas, revivió fiestas y creó otras nuevas, prestigió oficios, narró cuentos... Y para su trabajo utilizó como aliados la risa y el humor, "porque el humor es una cuestión de dignidad, una terapia social que permite perderle el temor al poder (...) Exactamente todo lo que se lo pierden a sí mismos quienes lo usan mal".

El poder del humor para denunciar la injusticia va atravesando la mayor parte de su obra y en algunas ocasiones será imposible contener la risa. Así lo hizo en libros inolvidables como Y Juan salió a luchar contra el Telediario o en El Aquilinón, pero nada mejor que leer sus Epigramas. -Las bolsas de la basura-, para comprender la importancia del humor como compromiso social:

En aquellos días todos sabíamos que 356 familias poseían más riqueza que el 40% de la humanidad
Y aún querréis que los poetas líricos os critiquemos.
¡Anda y que os deis  por el culo vosotros mismos!
(...que os acabaréis dando).

El fundador, propietario y director de la mayor empresa norteamericana de energía eléctrica -17.000 millones defraudados, 25.000 despidos, 23.000 pequeños accionistas desfondados- es citado a comparecer ante el Congreso y no acude. Sus abogados alegaron una ligera indisposición.
Nos impresionó a todos mucho conocer tu dolencia.
Qué difícil,
y qué duro,
eso de ser los más poderosos de la tierra,
poder hacer todo el daño del mundo
y tener que cagar con almorranas, como un mortal cualquiera.

Pero, si a los poderosos les dedica sus bolsas de la basura, a los pobres agobiados por la miseria económica les dedica sus páginas más hermosas.

Por su literatura desfilan todos los oficios y quehaceres humanos, pero sus protagonistas más queridos son los pastores que saben distinguir las setas buenas de las setas malas; los pescadores que conocen cómo se anulan los efectos del veneno de los peces araña o, las maestras de escuela (todas las maestras de escuela), pero especialmente aquellas que como Doña María vieron quedarse solas las escuelas de los pueblos.

Historias de hombres y mujeres que están diseminadas por toda su obra y que se convierten en la esencia de Mientras cenan con nosotros los amigos; una sucesión de relatos conmovedores que reflejan el compromiso social de Avelino a lo largo de su vida. Así, conoceremos la ternura del minero de La Unión roto por la tos; a los amigos que se jugaban la vida ocultándolo de la policía de Franco; la generosidad del emigrante que compra un reloj al hermano pequeño con el primer salario, duramente ganado como fundidor de campanas; al Capitán Vidal que atraviesa los campos de minas por los caminos del desierto, para salvar a una niña; a la chica valiente de quince años, que acosaba con su mirada al juez pederasta y bienpensante que había destruido su amor...

También hemos aprendido en sus textos literarios de dónde dimanan los hontanares de la maldad y la bondad humana. En Los hijos de Jonás comprenderemos que la vileza de Cesar Cayo, el cuarto hijo del molinero, es debida a que "cuando alcanzó la edad de comprender, no tuvo quien le enseñara a ser querido." Pero también, que la generosidad de Lázaro, el tercer hijo, se debe a que fue cuidado y amado por la viuda Veneranda. Con ella aprendió los secretos de la naturaleza, porque quería que los desheredados pudieran sobrevivir.

 


Compromiso de Avelino con los pueblos perdedores

Como hombre de acción, Avelino dirigió proyectos para que no se convirtieran en escombros o en olvido las culturas que han sido arrasadas "bajo la bota de la cultura vencedora" y como hombre de reflexión dedicó muchos de sus textos a devolvernos los rescoldos de sabiduría de las "culturas derrotadas" que aún perduran bajos las cenizas.

Os proponemos una vuelta a la lectura de algunas de las obras a las que dedicó más directamente este empeño.

En Soria donde la vieja Castilla se acaba, obra de 1982, nos lleva de la mano, pueblo a pueblo, por lo que aún queda:

Casas ringadas, corrales en ruinas, casonas cerradas, olmos añosos, blasones con musgo y bandas de gorriones por los tejados pardos...

Todo el libro es una invitación a descubrir las fiestas que aún perduran, a beber en todas las fuentes, a gozar con el paisaje que se vislumbra desde el Moncayo, a reír con la jota de la serrana de la Aldehuela o las coplas de los mozos de Almazán, a asombrarnos con los pozos airones... pero también nos llevará por "parajes de Soria que han llegado a la extrema soledad", que para Avelino, son una metáfora de todos los pueblos rurales del mundo que no han tenido otra opción que la de abandonar su tierra:

He de confesarte cuando vamos a empezar a andar, que temo que hoy no sepamos, yo decirte y tú sentir, este trozo de Castilla que irremediablemente se termina. En cualquier caso quiero llevarte por donde yo la aprendí.

Así nos irá llevando por Valvenedizo (todo cerrado, una anciana en una puerta y un olmo centenario); por Losana (había humo en una chimenea y el río, fértil río, pasaba al pie del pueblo para nadie); a Pereda (que tampoco casi es, les robaron ya los santos de la iglesia) y a muchos otros, por toda la provincia, pero nos detendremos en San Felices (que durante siglos se mantuvo la tradición de plantar una noguera sabiendo que fructifica para la tercera generación de quien la planta) porque en esta desolación, Avelino nos muestra valores esenciales de la cultura rural que no debemos olvidar: Trabajar para los venideros sin romper el ciclo de la vida.

En algún momento del camino se detiene y nos pregunta "¿Pero cómo ha llegado a ser posible esto?". Sabe que es una pregunta retórica, que sus habitantes están en Madrid, Barcelona o Bilbao porque el poder así lo quiso, porque solo han podido escoger "entre los dilemas graves que plantea el progreso y las simples tragedias que incuba la miseria".

En la Historia de San Kildán de 1987, nos describe las condiciones de vida extremas en las que vivían los habitantes de Hirta, la única isla habitada del archipiélago:

Ingeniándoselas para cobijarse de las tormentas que la arrasaban en otoño, habían aprendido a predecir los cambios bruscos del tiempo por medio del vuelo y los graznidos de los pájaros y alimentarse con los huevos y la carne de las gaviotas y los láridos.

Continúa contando que este pueblo, que vivía en las condiciones más adversas imaginables, había sabido organizase para que cada habitante comiera, estuviera vestido y tuviera un hogar donde refugiarse. Todas las posesiones eran del común y las actividades diarias se decidían entre todos en la reunión de la mañana. Los sankildanos habían sabido adaptarse al medio natural y habían creado una colectividad fuerte y unida que protegía a los débiles, a los enfermos y a los niños.

Pero como todos los pueblos pobres de la tierra, irán pasando de mano en mano de los poderosos sin enterarse. Ni siquiera cuando el Parlamento Inglés decretó la primera ley del mundo sobre protección de animales y dejó excluidos a los habitantes de San Kildán, dada la importancia de las aves en su dieta.

Avelino no defiende la vida a ultranza en San Kildán, sino que denuncia, a través de la belleza de sus imágenes y de la hondura de su pensamiento, la tela de araña con la que se organiza el poder (político, económico, mediático y religioso) para degradar su cultura, quebrar su economía y someter su autoestima como pueblo. Hasta que ya derrotados, abandonan sus saberes antiguos y se vuelven totalmente dependientes en la economía, la sanidad, o la educación de sus hijos:

La vida en Hirta nunca fue fácil. Pero durante un millar de años había sido posible. Ahora los isleños, seriamente mermados en su número, encontraban angustiosamente difícil el mero subsistir... En San Kildán se empezó a depender, para vivir, de las ayudas que les quisieran enviar de tierra firme.
Aquellas gentes se hallaban perplejas ante la ineficacia de sus esfuerzos para siquiera poder sobrevivir.
¡Las islas son iguales, el mar es el mismo y los pájaros siguen viviendo¡ ¿Por qué no podemos seguir viviendo aquí como nuestros antepasados?
Pero en su fuero interno, con resignada amargura, ya habían decidido abandonar al mar, al viento y a los pájaros de las islas que durante siglos fueron su tierra.

Veremos con los ojos bien abiertos, porque Avelino no nos permitirá cerrarlos, la soledad, el abandono y la amargura de las últimas familias, la degradación en la que acaban sus días y la belleza salvaje de la isla, transformándose en una ultramoderna base militar, ahora sí, con el dinero a espuertas para facilitar la vida de los nuevos pobladores.

Dos años después de esta obra, en 1989, Avelino nos vuelve a llevar a Soria, a La Sierra del Alba y nos hará escuchar que "...la Sierra llora porque no ha podido alimentar a sus hijos":

Un millón de merinas llegó a albergar la sierra del Alba que hoy es una sucesión interminable de lomas peladas, increíbles barrancas estériles, abruptas vaguadas, sin pasto, ni bosque, ni arbustos, sin hombres, sin nada; cascajo, cantos rodados, caliza, pizarra, cantuesos y aliagas; algunos pájaros sueltos; alguna perdiz esquiva; parejas de grajos negros.
De aquella grandeza hoy queda la huella perdida, hiriente, de palacios y casas señoriales de merineros que, en cada pueblo perdido, se van desmoronando abiertas a la intemperie, por tejados hundidos que pueblan bandos de gorriones, y en cuyo interior se refugian al anochecer los grajos.


Se volverá a preguntar "... ¿Cómo es posible que lo que Roma no pudo lo haya destruido en dos decenios la civilización actual?". Avelino sabía el cómo y el porqué pero ya el único compromiso social posible con este pueblo era el compromiso moral de escribir la memoria de los últimos hombres y mujeres que resistieron hasta que ya no les quedaban fuerzas.

Nos mostrará, uno a uno, los pueblos de la Sierra, la fidelidad de la mujer que limpia la tumba del hijo muerto ayudada por una cigüeña porque ya eran los dos últimos habitantes del pueblo; la soledad del anciano que ve cómo la hierba crece salvaje por las calles y las plazas donde en otro tiempo hubo mercado y baile; la tristeza de la maestra que ya nunca podrá enseñar lecciones de aritmética, de conjugaciones y de ríos...

Nunca dejará Avelino su pensamiento y su compromiso social con los pueblos perdedores. Cinco años después, en 1994 nos llevará a Camden, en el estado de New Jersey, el día que el viejo poeta, el que había cantado gozoso a América, descubre cómo se destruyó el país del pueblo Yana, con su obra El día en que lloró Walt Whitman.

Conoceremos minuciosamente la inteligencia de este pueblo para organizar su vida colectiva y su economía. Nos sobrecogerá con los detalles más sencillos de su vida cotidiana: trenzar cestos y canastos para recoger los frutos y las bayas en los árboles, fabricar arpones para pescar, hornear el pan con harina de bellota...

Pero sobre todo, nos quiere mostrar que el pueblo Yana sabía cuidar a todos sus miembros, que no eran enemigos de nadie y que por eso tampoco sabían que los tenían.

Lloraremos junto al viejo poeta ante el inmisericorde exterminio, a punta de fusil, de todos los habitantes, conoceremos cómo se van reagrupando los escasos sobrevivientes de la última matanza colectiva; el acoso, implacable, aún cuando ya solo quedaban unos pocos viejos y algunas mujeres, y el grito desgarrador del último Yana:  ¡Ishi¡.(¡soy un hombre¡), Todo ello, para que "al fin pudieran vivir sin sobresalto las gentes que trajeron la civilización al corazón salvaje del río Sacramento".

Avelino sabía que no había futuro para los habitantes de la Sierra del Alba, ni para los sankildanos, ni para los Yana, pero no permitió que se destruyeran sus vidas y sus saberes sin haberles dedicado su pensamiento, su canto y su denuncia.
Pero además, nos enseñó que no debemos aceptar la derrota, porque "no todo está escrito, ni siquiera por el poder"; por eso nos recomendó: "Escribe tú sobre la tierra... que si no escribirán otros". También que aunque el poder tenga grandes medios y se haya organizado para los próximos cien años: " Hay que colarse por las rendijas, siempre hay rendijas".

 


Compromiso social con los ancianos y la infancia

Seguramente está en las hemerotecas también, pero no hay nada comparable a la lectura de Silvestrito y Una vez había un Pueblo para descubrir el respeto y la dignidad de los ancianos, vistos a través de los ojos de un niño.

Avelino recogió muchas de las enseñanzas de los ancianos del mundo rural a los que la emigración "les iban podando los hijos que les nacieron". Como Jonás el Molinero que ve marcharse a los hijos porque "en el huerto no hay mañana", pero antes de partir les dará sus últimos consejos: "no hay paraísos donde mane la leche (...) ¡Que nadie te mande, ni nada te doblegue, hijo mío!".

Enseñanzas sobre cómo vivir, recogidas de su propia madre en ¿No oyes el canto de la Paloma?:

Cuando cumplió setenta años le oyeron afirmar: "Alegra tener, pero si hay que dejarlo se deja. Queda la salud".
Cuando la artrosis le hizo arduo el caminar, me confesaron que dijo: " Es más triste perder la vista".
Las cataratas le nublaron la visión; ya no podía leer, ni bordar. Y este fue su comentario: "Debe ser muy penoso perder la cabeza, como la pobre Juana".
Unos días antes de que la embolia se nos la llevara, me había dicho: " Vas renunciando a cosas, hoy a una, mañana a otra, poco a poco. Hasta que renuncias a la vida misma".Gracias por enseñármelo, madre.


Avelino se comprometió a salvar para la sociedad aquello que consideró "hacer justicia a lo valioso" pero no defendió la tradición cuando ésta no es cultura sino asfixia social. Por eso, también en su obra aparecen mujeres como Carmen, la viuda del tornero al que mató la guardia civil, a la que recriminaban pasear por la senda del Humilladero con su hija,  o como Maruja, que estaba en lengua de todos, porque siendo casada cenaba algunas noches en el restaurante de junto a la carretera...

 


Compromiso de Avelino con la naturaleza

En cualquier página de sus libros, primero nos invadirá el olor de las flores blancas de la jara, los grillos cantando en la cebada tierna, la ternura de la tarde en una huerta, la algarabía de los gorriones en las ramas de un laurel, el canto del autillo en la olmeda, las mariposas azules que levanta al andar María de las Cerezas... e inmediatamente comprobaremos que la naturaleza es para Avelino un hondo compromiso social puesto que nos subyuga con su belleza para que no permitamos que se destruya.
Para los niños escribió en 1999 La boina asesina del contador de cuentos, donde conocerán ríos rebeldes que no bajan al llano porque nadie les garantiza que los van a mantener limpios. De paso les advierte que tendrán que ser ellos los que se alíen con el río porque a los curas, los alcaldes y demás autoridades "no se les ocurre nada".
En el 2002 les regaló Carol, que veraneaba junto al mar, para que conocieran a Tomeu, el viejo torrero de la isla Aucanada que les muestra lo que aún perdura de la isla "antes de que la gente se hiciera chalés en la costa salvaje". También les enseñará a pescar como los pescadores sabios del pasado "únicamente los pulpos necesarios para vivir, por eso quedan ahora, para que podáis seguir haciéndolo vosotros". 

Avelino amó y defendió la naturaleza hasta el punto de que ya en sus últimas obras como en Invitación a Soria. A quien conmigo viene el paseo por el paisaje natural se funde con el paisaje humano y los dos llegan a ser la misma cosa. Por eso es imposible entender su compromiso de defender a la sociedad humana sin amar, respetar y defender a la naturaleza. Por eso podemos entender el amor y la fidelidad a través de los animales, como en su obra Las rarezas de los pájaros y por eso, tal vez, haya sido su compromiso social esencial. En El septiembre de nuestros jardines, la naturaleza se convierte en el alter ego de Avelino y arrasarla sería matar la vida. En este poemario la naturaleza es la compañera fiel que no puede darnos respuestas pero nos obliga a hacernos preguntas:

Mariposas azules vuelan en el remanso
del agua bajo el puente. Y el silencio a esta hora
el susurro del viento en los álamos acrece:
Yo escucho que repiten: "¿Cómo vivir?" es la cuestión que importa.

También nos enseña que renacer y morir es lo mismo:

¿Quién no ha sentido el alborozo de la tierra reviviendo después de la tormenta?
¿Qué corazón no ha gozado la melancolía de esta hora y el rebullir alegre de los pájaros?
La tarde muere, sí. Buscan abrigo las tórtolas
y se desdora el sol en las  laderas del Pico.
Igual que es dulce la melancolía en otoño,
goza, goza, dulce al fin, esa tristeza  antigua de conocerte finito

Y es la naturaleza el modo de volver a decirle a Teresa que la quiere:

Si yo pudiera
arder en ti
y te prendieras,
¡qué sol de abril con ramos de cerezas!

Si el sol bajara
a ti y a mí
y me abrazaras,
¡qué sol de otoño con vino de milgranas!


Así podremos comprender a Jonás, que roto por el dolor, tras la muerte por sobreparto de la esposa, levanta a la recién nacida hacia el cielo "Te llamarás María de la Cerezas, según lo prometiera un día. ¡ Porque han visto mis ojos  que ha vuelto a vencer la vida!". Y también comprenderemos a Juan, su hijo mayor, cuando celebre con una fiesta la muerte de su maestro "para que se mantenga a perpetuidad en el pueblo el recuerdo de un hombre que siempre trabajó para los venideros".

 


Compromiso de Avelino contra la guerra y el derecho a sobrevivir en paz

Es un compromiso también presente en todos sus libros, pero que recordaremos en algunos de ellos. En ¿Y por qué no te atreves a llamarlo amor?, a través de la apasionada correspondencia de dos adolescentes que se proponen descubrir las historias de sus respectivas familias, Avelino nos revela su pensamiento a través de la figura del abuelo de una de ellas:

La mitad de las familias europeas hoy poderosas y ricas lo son por méritos ayer de guerra o de conquista (...) Afortunadamente tu amiga y tú vais a pertenecer a la primera generación de ciudadanos que en la historia del mundo puede vivir entera su vida sin padecer la infinita calamidad de una guerra.


En su libro 1943 nos describe Aranjuez "cuando brotan los retoños nuevos y los ruiseñores cantan en las orillas del Tajo", pero la posguerra civil asoma en el dolor silencioso de un ingeniero que deja un futuro brillante de militar con las tropas ganadoras para ser un ingeniero civil en Aranjuez.

La miradas de sus hijos nos invitan a deleitarnos con el paisaje, el río o el palacio, pero la mirada de Avelino nos lleva sutilmente a observar los edificios en ruinas; la pobreza de las mujeres que se ofrecen de criadas solo a cambio de la comida; los niños pobres pegados al cristal de la venta del ingeniero, también pobre; los coches de caballos negros que recorren permanentemente la ciudad "porque los pobres se morían mucho en la posguerra"; y junto a  los niños que viven al raso, cazando ranas y gorriones para poder comer.

La infinita calamidad de la Guerra mundial y su infinito sufrimiento ya no serán sutiles sino desgarradores en La Señora Lubomirska regresa a Polonia.  Crítica feroz de las injusticias antiguas y modernas. Como la del conde polaco: " ¡Qué fácil es ser bueno con los campesinos cuando se es rico cuatrocientos años seguidos y cabalgando durante dos semanas no se termina de recorrer sus tierras!". Y la respuesta de la hija que reparte la Heredad, a las hermanas se preguntan cómo vivir después de haberlo tenido todo durante cuatrocientos años: "Casa y trabajo y sanidad y escuela y cultura y vosotras mismas. Eso tenéis. La igualdad es esto".

Pero como siempre, Avelino rescatará el valor de la fuerza humana para sobrevivir. Iremos conociendo el horror de la guerra a través de la mente delirante de la señora Lubomirska, pero en su delirio también rememora cómo se agarró a la vida el día en el que fue liberada de los nazis:

Cuando salí a la carretera me arrojé al suelo en la cuneta, la cabeza contra un charco, bebí de aquella agua mientras arrancaba con las manos flores y yerbas en mi crispación por vivir. Comí flores y yerba, tenía que resistir...